Y, por favor, miénteme.

Fernando Araújo Vélez*

Escríbeme, como el otro día, que no me tome tan en serio a mí mismo, y explícame de nuevo aquello de que patético no es ridículo pues viene de pathos, de pathos pasión, de pasión padecer. Explícamelo de nuevo con tu letra de antes de la guerra y con tus palabras, no con las de los psiquiatras que te atienden, y cuéntame una vez más cómo fue aquella tarde en la que llegaste a la sublime conclusión de que si te tomabas en serio, tan en serio, si nos tomábamos así, íbamos a tener que matarnos todos de aguda gravedad.

Dime que lo que escribiste entonces aún es cierto, que has preferido contemplar, como los griegos, a invertir; que el futuro ya no te persigue; que los perros y los gatos y los caballos deberían tener tantos derechos sobre el mundo como nosotros los humanos, como tú o como yo; que el mejor amor puede durar sólo 20 días y luego ser un perfecto y cada vez más perfecto recuerdo; que la culpa, las culpas, ya no son puñaladas que te desangran gota a gota, pues tú no puedes ser culpable de ser tan humana, perversa, frágil, bondadosa, arrogante, vanidosa y humilde a la vez.

Envíame una carta, una de esas cartas de sellos y buzón, si es que te dejan salir un rato, porque quiero sentir la ansiedad de aguardar a que llegue el cartero y deje el sobre bajo la puerta de mi casa, como ocurría antes. Quiero que la ansiedad y la espera me lleven al mito, a imaginarte cada una de las horas de los días que te faltan por salir, y no verte ya como eres, sino como te recuerdo, o como prefiero recordarte. Agrégale un dibujo, si quieres, un dibujo de lo que ves por tu ventana para que yo pueda ver lo mismo, para que por unos minutos me sienta en algo como te sientes tú, y ser tú.

Miénteme, que las mentiras a veces son un bálsamo, y a estas alturas, yo las prefiero a esta eterna culpa que me corroe. Miénteme, por favor, y dime que ya olvidaste, que ya no sabes quién llamó al sanatorio aquella noche de lluvia y que tampoco entiendes de dónde salieron las cicatrices que rodean tu muñeca.

Tomado de El caminante, versión on line.

*Fernando Araújo Vélez. Periodista y escritor colombiano.
Editor cultural del diario El Espectador

Siriana

*Felipe Orozco

El humo de los incendios es agitado por el mismo viento que peinaba las palmeras de la otrora bella ciudad de Aleppo.

El diestro reportero de guerras se agazapa en la terraza de un hotel en ruinas y observa a través de su cámara por los agujeros abiertos a morterazos. Ha descubierto por casualidad un francotirador a sus espaldas, que enfoca con la mirilla de un fusil. Quizá un M40 americano o un PSG alemán. Se gira instintintivamente, le apunta con su cámara pero no dispara. Sabe que la foto del miliciano no interesa a nadie: los tabloides están saturados de soldados sin nombre y ha dejado de importar, incluso, de qué lado luchan. Como el tirador, el fotógrafo está al acecho de una buena oportunidad. Al igual que él, ha de apuntar con su cámara sin parpadear, casi sin respirar, para que la presa no denote su presencia hasta el momento del disparo.

Su objetivo ahora es un niño que juega con un desvencijado balón en otra terraza y que caracoleando, celebra una y otra vez un gol que nadie ha visto. La cámara lo sigue hacia un lado y hacia el otra, corrigiendo permanentemente enfoque, velocidad y exposición. Y recuerda allí las palabras del francotirador serbio a las puertas de Sarajevo:

—Es difícil disparar sobre un niño.
“¿Por qué? ¿Tienes hijos?”.
—No es por eso. es que se mueven mucho.

El reportero confía en su olfato de veterano corresponsal y, como si de otro tirador se tratase, espera en tensa calma. Su silencio ignora los cohetes que silban y retumban a lo lejos. Cuando suena el clic de la Nikon, el mundo entero y la guerra parecen haberse detenido. Ha capturado en un bellísimo claroscuro sobre los techos de la ciudad, ese momento largamente esperado, digno del premio Magnum: el instante en que el niño, aún en pie, es fulminado por la bala.

Tomado del libro Seré breve,
Minificción 20, Editorial Cuadernos Negros 2014
con el debido permiso del autor.

*Felipe Orozco,  Arquitecto, escritor y docente universitario colombo-español . 

Reencuentro


*Luis Fayad

La mujer le dejó saber con la mirada que quería decirle algo. Leoncio accedió y, cuando ella se apeó del bus, él hizo lo mismo. La siguió a corta, pero discreta distancia y, luego de algunas cuadras, la mujer se volvió. Sostenía con mano firme una pistola. Leoncio reconoció entonces a la mujer ultrajada en un sueño y descubrió en sus ojos la venganza.

–Todo fue un sueño –le dijo–. En un sueño, nada tiene importancia.
–Depende de quién sueñe –dijo la mujer–. Éste también es un sueño.

*Luis Fayad. Bogotá, 1945.
Periodista y escritor colombiano radicado en Berlín, Alemania.

Uaral

Uaral es una banda chilena de folk-doom metal conformada por el dúo Aciago (instrumentos) y Caudal (voz).

Álbum “Lamentos a Poema Muerto” 2007

  1. Preludio a la Siembra
  2. La Escritura y el Alarido
  3. Lamentos…
  4. Surrendered to the Decadence
  5. El Campesino
  6. Eterno en Mí
  7. Acidal (Tonada para el Huerto en Re Menor)

Serrat – Cada loco con su tema

a Fernando

Que para afinar el oído y la pluma hay que escuchar a Serrat. Dice. Que Serrat es básico en su vida, que ha sido fundamental desde siempre. Continúa. Que “Cada loco con su tema” es una canción nietzscheana. Asegura. Yo voy tomando nota, embriagándome con la melancólica voz de Joan Manuel, inyectándome de a poquitos cada una de sus letras.

Quizá no logre afinar mi oído ni mi pluma, pero voy cruzando el puente.

3

En la enfermedad es cuando más se siente la ausencia de la madre: la fiebre arde más, el dolor duele más fuerte. Dicen que el amor todo lo cura; pienso que solo el de la madre puede hacerlo, pero cuando ya no está, cuando se ha marchado para siempre, un simple resfriado se convierte en algo que duele en todo el cuerpo.

Jorge Eliécer Ordóñez.

DE LEOPOLD BLOOM A ULISES LAERTÍADA

Estos tiempos, navegante, no están hechos
para la gloria,
los dioses no toman partido por los hombres
y las pocas doncellas que florecen
están más preocupadas en sus asuntos triviales
que en favorecer a los héroes novelescos
las calles de Dublín exhalan un rancio vapor
de religiones,
aquí se van a las manos, a los cuchillos,
católicos y protestantes
mueren piadosamente en nombre del mismo Dios
que tanto aman y defienden.
Entre tanto yo, leo los inútiles chismes de provincia
sentado en el sanitario glacial de porcelana,
pienso qué cara poner en el entierro,
qué vestido lucir y qué palabras expresar
a los deudos.
Doy vuelta al riñoncito que cargo en mi bolsillo
acaso como un tic, acaso como una leve
y silenciosa rebeldía por los cuernos
que me aplica Mollie Bloom, con religiosa constancia,
casi con cariño.

Mi vida es simple como un gancho de ropa,
mi única batalla es soportarme todo el día,
mirar en el espejo este rostro sin mayor atributo,
afeitarme, ponerme el traje, como quien viste
el esqueleto de un espantapájaros

mi trabajo es pensar cómo poner la mente en cero,
no tengo, como tú, una isla lejana, ni un perro fiel,
ni una princesa ambigua tejiendo y destejiendo
el tiempo sin oficio.

Por eso, aunque no lo creas,
mi lucha cotidiana es tan heroica como la tuya:
mi destino consiste en no tener destino,
sólo en pasar por el ojo del día
como un camello ciego hacia la nada