La forma geométrica del cuento

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Alguna vez he comparado el cuento con la noción de la esfera, la forma geométrica más perfecta en el sentido de que está totalmente cerrada en sí misma y cada uno de los infinitos puntos de su superficie son equidistantes del invisible punto central. Esa maravilla de perfección que es la esfera como figura geométrica es una imagen que me viene también cuando pienso en un cuento  que me parece perfectamente logrado. Una novela no me dará jamás la idea de una esfera; me puede dar la idea de un poliedro, de una enorme estructura. En cambio el cuento tiende por autodefinición a la esfericidad, a cerrarse, y es aquí donde podemos hacer una doble comparación pensando también en el cine y en la fotografía: el cine sería la novela y la fotografía, el cuento. Una película es como una novela, un orden abierto, un juego donde la acción y la trama podrían o no prolongarse; el director de la película podría multiplicar incidentes sin malograrla, incluso acaso mejorándola; en cambio, la fotografía me hace pensar siempre en el cuento. Alguna vez hablando con fotógrafos profesionales he sentido hasta qué punto esa imagen es válida porque el gran fotógrafo es el hombre que hace esas fotografías que nunca olvidaremos
—fotos de Stieglitz, por ejemplo, o de Cartier-Bresson— en que el encuadre tiene algo de fatal: ese hombre sacó esa fotografía colocando dentro de los cuatro lados de la foto un contenido perfectamente equilibrado, perfectamente arquitectado, perfectamente suficiente, que se basta a sí mismo pero que además —y eso es la maravilla del cuento y de la fotografía— proyecta una especie de aura fuera de sí misma y deja la inquietud de imaginar lo que había más allá, a la izquierda o la derecha. Para mí las fotografías más reveladoras son aquellas en que por ejemplo hay dos personajes, el fondo de una casa y luego quizá a la izquierda, donde termina la foto, la sombra de un pie o de una pierna. Esa sombra corresponde a alguien que no está en la foto y al mismo tiempo la foto está haciendo una indicación llena de sugestiones, apelando a nuestra imaginación para decirnos: “¿Qué había allí después?”. Hay una atmósfera que partiendo de la fotografía se proyecta fuera de ella y creo que es eso lo que le da la gran fuerza  a esas fotos que no son siempre técnicamente muy buenas ni más memorables que otras; las hay muy espectaculares que no tienen esa aureola, esa aura de misterio. Como el cuento, son al mismo tiempo un extraño orden cerrado que está lanzando indicaciones que nuestra imaginación de espectadores o de lectores puede recoger y convertir en un enriquecimiento de la foto.
Ahora, por el hecho de que el cuento tiene la obligación interna, arquitectónica, de no quedar abierto sino de cerrarse como la esfera y guardar al mismo tiempo una especie de vibración que proyecta cosas fuera de él, ese elemento que vamos a llamar fotográfico nace de otras características que me parecen indispensables para el logro de un cuento memorable o perdurable.

Julio Cortázar, Clases de literatura
Berkeley, 1980. Primera clase: los caminos de un escritor.
Editorial Debolsillo, 2016.

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Y, por favor, miénteme.

Fernando Araújo Vélez*

Escríbeme, como el otro día, que no me tome tan en serio a mí mismo, y explícame de nuevo aquello de que patético no es ridículo pues viene de pathos, de pathos pasión, de pasión padecer. Explícamelo de nuevo con tu letra de antes de la guerra y con tus palabras, no con las de los psiquiatras que te atienden, y cuéntame una vez más cómo fue aquella tarde en la que llegaste a la sublime conclusión de que si te tomabas en serio, tan en serio, si nos tomábamos así, íbamos a tener que matarnos todos de aguda gravedad.

Dime que lo que escribiste entonces aún es cierto, que has preferido contemplar, como los griegos, a invertir; que el futuro ya no te persigue; que los perros y los gatos y los caballos deberían tener tantos derechos sobre el mundo como nosotros los humanos, como tú o como yo; que el mejor amor puede durar sólo 20 días y luego ser un perfecto y cada vez más perfecto recuerdo; que la culpa, las culpas, ya no son puñaladas que te desangran gota a gota, pues tú no puedes ser culpable de ser tan humana, perversa, frágil, bondadosa, arrogante, vanidosa y humilde a la vez.

Envíame una carta, una de esas cartas de sellos y buzón, si es que te dejan salir un rato, porque quiero sentir la ansiedad de aguardar a que llegue el cartero y deje el sobre bajo la puerta de mi casa, como ocurría antes. Quiero que la ansiedad y la espera me lleven al mito, a imaginarte cada una de las horas de los días que te faltan por salir, y no verte ya como eres, sino como te recuerdo, o como prefiero recordarte. Agrégale un dibujo, si quieres, un dibujo de lo que ves por tu ventana para que yo pueda ver lo mismo, para que por unos minutos me sienta en algo como te sientes tú, y ser tú.

Miénteme, que las mentiras a veces son un bálsamo, y a estas alturas, yo las prefiero a esta eterna culpa que me corroe. Miénteme, por favor, y dime que ya olvidaste, que ya no sabes quién llamó al sanatorio aquella noche de lluvia y que tampoco entiendes de dónde salieron las cicatrices que rodean tu muñeca.

Tomado de El caminante, versión on line.

*Fernando Araújo Vélez. Periodista y escritor colombiano.
Editor cultural del diario El Espectador

Siriana

*Felipe Orozco

El humo de los incendios es agitado por el mismo viento que peinaba las palmeras de la otrora bella ciudad de Aleppo.

El diestro reportero de guerras se agazapa en la terraza de un hotel en ruinas y observa a través de su cámara por los agujeros abiertos a morterazos. Ha descubierto por casualidad un francotirador a sus espaldas, que enfoca con la mirilla de un fusil. Quizá un M40 americano o un PSG alemán. Se gira instintintivamente, le apunta con su cámara pero no dispara. Sabe que la foto del miliciano no interesa a nadie: los tabloides están saturados de soldados sin nombre y ha dejado de importar, incluso, de qué lado luchan. Como el tirador, el fotógrafo está al acecho de una buena oportunidad. Al igual que él, ha de apuntar con su cámara sin parpadear, casi sin respirar, para que la presa no denote su presencia hasta el momento del disparo.

Su objetivo ahora es un niño que juega con un desvencijado balón en otra terraza y que caracoleando, celebra una y otra vez un gol que nadie ha visto. La cámara lo sigue hacia un lado y hacia el otra, corrigiendo permanentemente enfoque, velocidad y exposición. Y recuerda allí las palabras del francotirador serbio a las puertas de Sarajevo:

—Es difícil disparar sobre un niño.
“¿Por qué? ¿Tienes hijos?”.
—No es por eso. es que se mueven mucho.

El reportero confía en su olfato de veterano corresponsal y, como si de otro tirador se tratase, espera en tensa calma. Su silencio ignora los cohetes que silban y retumban a lo lejos. Cuando suena el clic de la Nikon, el mundo entero y la guerra parecen haberse detenido. Ha capturado en un bellísimo claroscuro sobre los techos de la ciudad, ese momento largamente esperado, digno del premio Magnum: el instante en que el niño, aún en pie, es fulminado por la bala.

Tomado del libro Seré breve,
Minificción 20, Editorial Cuadernos Negros 2014
con el debido permiso del autor.

*Felipe Orozco,  Arquitecto, escritor y docente universitario colombo-español . 

Reencuentro


*Luis Fayad

La mujer le dejó saber con la mirada que quería decirle algo. Leoncio accedió y, cuando ella se apeó del bus, él hizo lo mismo. La siguió a corta, pero discreta distancia y, luego de algunas cuadras, la mujer se volvió. Sostenía con mano firme una pistola. Leoncio reconoció entonces a la mujer ultrajada en un sueño y descubrió en sus ojos la venganza.

–Todo fue un sueño –le dijo–. En un sueño, nada tiene importancia.
–Depende de quién sueñe –dijo la mujer–. Éste también es un sueño.

*Luis Fayad. Bogotá, 1945.
Periodista y escritor colombiano radicado en Berlín, Alemania.

Al otro lado del farol y entre la niebla

 *Paúl Hermann

La mayoría de los seres humanos de estos
tiempos somos sobrevivientes de una curva
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

¡RING! ¡RING! ¡RING!, sonó el teléfono como en canción de Sabina. “¡Mierda!”, suspiré de mala gana, le entregué al Williamns el pitillo de marihuana y me levanté a contestarlo.
—¡Aló! ¡Mi amor! —era desde su trabajo, al otro lado de la ciudad, Augusta mi novia.
—¡Aló! ¡Vida! —le contesté, y aguardé, callado, a que me pidiera lo que viene pidiéndome todas las noches desde que un tipo al que no puede describir pero que imagino indio, de un metro sesenta y piernas arqueadas como el mango de un alicate, le robó la cartera e intentó arrastrarla, para violarla, hacia los arbustos que crecen a la orilla de la interminable pendiente que comunica a nuestro barrio con la carretera.
—Ahorita salgo ¿Podrías bajar a buscarme en media hora?
—¡Tch!, mi amor, ¡está lloviendo! —chasqueé la lengua. Traté de persuadirla a que subiera sola a cambio de esperarla con un plato de espaguetti y una copa de vino.
—Está bien —accedió. Pero como su está bien resonó en mis oídos con eco de que hijoputa eres y el Williamns aguardaba a que terminara de hablar envuelto en bufanda, terminé por decirle que bueno, te espero pero no tardes.
Bajamos conversando a gritos, repitiendo incesantemente: “¡Qué rico!” y riéndonos con la desesperación con que ríen los bebes cuando sus madres, sin saber que pueden volverlos locos, les rascan ¡agú! ¡agú! ¡agú!, las cada vez más amoratadas plantas de los pies.
Cuando el Williamns hubo abordado un autobús en movimiento, encendí un Marlboro y me senté a esperar, en uno de los escalones del paso peatonal, a que Augusta llegara.
“¿Y a éste qué le pasa?”, escuché que decía alguna mujer abrazándose a su novio, guareciéndose bajo el puente. Y con razón, pues si bien no la sentía, la lluvia había adquirido forma de tornado y la niebla espesaba y descendía… ¡¡¡Bruuum!!!, como rayos…
La primera media hora, la esperé reflexionando sobre lo intolerante que hasta entonces había sido, prometiéndole a Dios o al Diablo, ¡lo juro!, comportarme mejor, pero cuando me quedé sin cigarrillos, empecé a desesperarme y a imaginarla al interior de un auto aparcado, chupándole el falo a algún imbécil que bien podía ser un compañero de oficina.
Entonces la vi -al otro lado del farol y entre la niebla- acercarse a la escalinata donde la esperaba, con la lentitud que se requiere para inventar una disculpa o recordar o ensayar lo que se ha pensado se va a decir.
—Mi amor —me dijo al llegar con la ternura con que en los funerales se dan palmaditas en la espalda —solo vine a decirte que no me esperes… el autobús en el que venía se estrelló en la curva.

A lo lejos, escuché las luces de una ambulancia…

Tomado del libro Puntos de fuga 
con el debido permiso del autor.

*Paúl Hermann, Quito 1973. Escritor, periodista y catedrático universitario.

Del libro “Corazón cuarteado”

*Anaïs Nin

Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban. Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y, cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos. La poción es la suma de toda nuestra existencia. Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes aflicciones, crecimientos y esfuerzos. Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en plena eclosión… amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico que otorgaba clarividencia a las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales… imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para que el beso pudiese ser bautizado en las aguas sagradas de la continuidad.

*Anaïs Nin, Francia, 1903 – Los Ángeles, 1977.
Escritora conocida por sus textos sobre su vida recopilados
en los “Diarios de Anaïs Nin” volúmenes del 1 al 7.