A 80 km/h

Mientras el conductor reduce la velocidad
para recibir una llamada telefónica,
pasan por mi ventanilla como negativos fotográficos
las siguientes imágenes:
Un joven masturbándose en la parte trasera de un colegio,
una pareja inyectándose los brazos,
una vaca intentando beber agua de una grieta,
un hombre sin camisa barriendo el techo de un concesionario,
un perro desorientado,
un cultivo de maíz,
un tren cañero,
automóviles a gran velocidad,
un motel abandonado,
unos buitres despedazando un gato muerto,
un motociclista varado,
la muchacha que vende refrescos en el puesto de control,
un hombre trotando con su perro,
una iglesia sin feligreses,
un corto trayecto de lluvia
y una flecha verde que indica que me he pasado de la parada.

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3

En la enfermedad es cuando más se siente la ausencia de la madre: la fiebre arde más, el dolor duele más fuerte. Dicen que el amor todo lo cura; pienso que solo el de la madre puede hacerlo, pero cuando ya no está, cuando se ha marchado para siempre, un simple resfriado se convierte en algo que duele en todo el cuerpo.

2

Sábado. Once y once de la noche. Cierro la puerta con odio, me pongo el suéter y salgo. La ciudad está desnuda y fría; la respiro. A mitad de camino recuerdo que en casa nadie me espera, desacelero el paso queriendo evitar lo inevitable: llegar.  Cuatro pisos y ahí estoy, buscando sin prisa en mi bolso las llaves. Abro. Prendo la cajita de colores y solo películas de terror. Odio las películas de terror. Apago la tele. Hace tanto silencio… Nunca antes me había incomodado la soledad.

Suena la alarma de nuevo mensaje en mi celular: “De nuevo en la ciudad. Hubo un tremendo vendaval, la tormenta fue de ribetes apocalípticos: nocturna, rayos, centellas, truenos. Árboles descuajados, algunos daños. Fue algo memorable, y en medio de esas fuerzas desatadas, pensaba en cómo lo habríamos vivido juntos.” Abracé mi teléfono y me metí en la cama.

Después de todo no estaba tan sola.

1

Un lago lleno de tarántulas enormes con tentáculos de pulpo. Una de ellas sale justo en el momento que  voy pasando por su orilla, me persigue. Corro desesperadamente,  pero ella es más veloz que yo. Me alcanza. Siento como sube por mi pierna,  grito pidiendo ayuda, pero nadie responde. De repente, un hombre de tez blanca, ojos verdes, cabello castaño, no muy alto, aparece recostado en la malla que cerca el lugar. Corro hacía él pidiéndole  que quite de mi pierna la tarántula. El hombre, que no se aparta de la malla espera a que yo llegue hasta él, me toma por los hombros y me empuja hacia el lago. Mientras las tarántulas me devoran y yo grito aterrorizada, él se aleja lentamente con su mirada de odio.

Me despierta un grito, mi propio grito. La almohada está húmeda, estoy bañada en sudor, sobresaltada. Alcanzo el móvil para ver la hora. Tres y dieciocho de la madrugada. Tengo miedo, enciendo la tele, corro la cortina para que entre un poco de aire por la ventana. Un zancudo enorme sale de uno de sus pliegues.

Cinco horas atrás.

—¿Salimos un rato al bar?

— No, gracias. Con eso de que cada noche un conductor ebrio cobra una vida o dos o tres… prefiero quedarme en casa viendo una película. Ya la tengo programada, “Lo contrario al amor”.

De ninguna manera se está a salvo.