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Un lago lleno de tarántulas enormes con tentáculos de pulpo. Una de ellas sale justo en el momento que  voy pasando por su orilla, me persigue. Corro desesperadamente,  pero ella es más veloz que yo. Me alcanza. Siento como sube por mi pierna,  grito pidiendo ayuda, pero nadie responde. De repente, un hombre de tez blanca, ojos verdes, cabello castaño, no muy alto, aparece recostado en la malla que cerca el lugar. Corro hacía él pidiéndole  que quite de mi pierna la tarántula. El hombre, que no se aparta de la malla espera a que yo llegue hasta él, me toma por los hombros y me empuja hacia el lago. Mientras las tarántulas me devoran y yo grito aterrorizada, él se aleja lentamente con su mirada de odio.

Me despierta un grito, mi propio grito. La almohada está húmeda, estoy bañada en sudor, sobresaltada. Alcanzo el móvil para ver la hora. Tres y dieciocho de la madrugada. Tengo miedo, enciendo la tele, corro la cortina para que entre un poco de aire por la ventana. Un zancudo enorme sale de uno de sus pliegues.

Cinco horas atrás.

—¿Salimos un rato al bar?

— No, gracias. Con eso de que cada noche un conductor ebrio cobra una vida o dos o tres… prefiero quedarme en casa viendo una película. Ya la tengo programada, “Lo contrario al amor”.

De ninguna manera se está a salvo.

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17 pensamientos en “1

  1. A veces esas visiones oníricas nos ayudan a verlo todo más claro cuando despertamos (para bien o para mal). Querer sentirse a salvo es ambicioso, pero se puede y tenemos toda la vida para encontrar el método o la persona que nos haga sentir así. Y cuando la encuentras ya has ganado. El reto mola.
    Te dejo esto, para que te reconcilies con la noche:

    “Poco sé de la noche
    pero la noche parece saber de mí,
    y más aún, me asiste como si me quisiera,
    me cubre la conciencia con sus estrellas.
    Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
    (…)”

    (“La noche”, de Alejandra Pizarnik)

  2. Una nunca está a salvo – o siempre está salvada, según se mire. Lo que está claro es que de lo que huyes te encuentras. La realidad de algunos sueños es casi mayor que la realidad.

  3. Eso pasa por confiar en los melenitas, un calvo te hubiera levantado poniéndote a salvo en la orilla, ahora, luego si viene un cocodrilo o algo ya son cosas que superan a cualquiera.

    Besos ojitos míos.

  4. Pues esperemos que las diosas no te hayan dado también el don de la profecía, que ya serían muchos dones. Siempre un placer leerte, aunque se trate de cosas “peludas”. ¿Y al hombre ojiverde se le identificaba? Un abrazo

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